Sí. Según James Duckenfield, CEO de Glass Pharms®, Reino Unido está subestimando, o como mínimo infrautilizando, el potencial farmacéutico del cannabis. La causa no es un fallo de la ciencia. Pesan décadas de parón legal, una formación clínica que no ha seguido el ritmo y una oferta limitada por lo que la cadena de suministro ha sido capaz de producir hasta ahora.
¿Por qué debería importarte? Porque lo que hoy se receta no es el techo de la planta, sino su punto de partida. El siguiente salto depende de algo que cualquier grower serio conoce bien: genética estable, cultivo controlado y dosis precisas.
Un parón legal de 45 años que todavía se nota
La historia del cannabis medicinal en Reino Unido tiene un agujero enorme en medio. Las tinturas de cannabis, es decir, extractos de la planta disueltos en alcohol, se pudieron recetar legalmente hasta 1973. Después pasaron 45 años hasta que los medicamentos basados en cannabis volvieron a prescribirse de forma legal, en noviembre de 2018.
Duckenfield insiste en que su diagnóstico no es una crítica a la situación actual de la industria. Es una lectura de las consecuencias de esa interrupción. Casi medio siglo sin prescripción dejó un vacío considerable en la formación de los clínicos. Mientras tanto, la regulación sigue luchando por seguir el ritmo de la ley que se supone que debe aplicar.
El avance desde 2018 es innegable. Pacientes y prescriptores británicos tienen hoy acceso a una amplia gama de productos basados en cannabis para uso medicinal: cultivares (variedades seleccionadas y cultivadas con características concretas), aceites, comestibles, cápsulas y cartuchos de vapeo. Hace unos años esa oferta habría sido casi imposible de imaginar.
Esa variedad refleja lo que hemos aprendido a producir, caracterizar y prescribir de forma consistente. Y eso no es lo mismo que decir que la planta ha alcanzado su techo farmacéutico.
La diferencia es clave. El catálogo actual mide la madurez de la industria, no el potencial real del cannabis como fuente de medicamentos.
El sistema endocannabinoide: cuatro décadas de ciencia fuera del aula
El sistema endocannabinoide es la red de receptores, moléculas mensajeras y enzimas con la que el propio organismo regula procesos como la percepción del dolor, el apetito o el estado de ánimo. Los cannabinoides de la planta actúan sobre esa misma red. Su descubrimiento es relativamente reciente, pero no tanto como para justificar su ausencia en las facultades.
La cronología habla por sí sola:
- 1988: se caracteriza el primer sitio de unión específico para cannabinoides, el punto de una célula donde una molécula se acopla para desencadenar una respuesta.
- 1990: se clona el receptor CB1, presente sobre todo en el sistema nervioso central.
- Década de 1990: se identifican la anandamida y el 2-AG, dos endocannabinoides (cannabinoides que fabrica el propio cuerpo), y el receptor CB2, asociado principalmente a células del sistema inmunitario.
- Años 2000: las grandes farmacéuticas ya desarrollan activamente fármacos dirigidos a la señalización cannabinoide.
Casi cuarenta años después del primer hallazgo, solo una universidad británica incluye el sistema endocannabinoide en su temario de medicina. ¿Cómo va a recetar con confianza un médico que nunca estudió el sistema sobre el que actúa el tratamiento? Esa brecha formativa es uno de los grandes frenos al potencial farmacéutico del cannabis en Reino Unido.
Más allá del THC y el CBD: una planta con más de 100 cannabinoides
Casi todas las opciones de cannabis medicinal que se prescriben hoy en Reino Unido se apoyan en dos moléculas. El THC (tetrahidrocannabinol) es el principal responsable de los efectos psicoactivos. El CBD (cannabidiol) no es intoxicante y se estudia por sus posibles aplicaciones terapéuticas. Son los dos cannabinoides "mayores" de la planta y los mejor caracterizados.
Pero la flor de cannabis no es un medicamento de dos moléculas. Es un material botánico complejo que contiene:
- Más de 100 cannabinoides, compuestos químicos capaces de interactuar con el sistema endocannabinoide.
- Terpenos, los compuestos aromáticos volátiles que dan a cada variedad su perfil de olor y sabor, del cítrico al terroso.
- Flavonoides, pigmentos vegetales con actividad biológica propia.
Muchos de estos compuestos se conocen desde hace décadas. Aun así, su potencial farmacéutico está muy poco desarrollado, tanto por separado como en combinación.
Para quien lleva años cultivando no es ninguna sorpresa. Dos variedades con el mismo porcentaje de THC pueden sentirse completamente distintas, y parte de esa diferencia está en todo lo que acompaña al THC. La ciencia farmacéutica apenas ha empezado a traducir esa complejidad en tratamientos medibles y prescribibles. El formulario actual, es decir, el catálogo de productos disponibles para recetar, se queda en la superficie.
CBG y THCV: el reto de producir cannabinoides menores de forma estable
Entre los cannabinoides menores con posible interés terapéutico, dos destacan por el interés investigador que despiertan. El cannabigerol (CBG) es conocido como cannabinoide "precursor", porque su forma ácida, el CBGA, es la base a partir de la cual la planta sintetiza otros cannabinoides. La tetrahidrocannabivarina (THCV) es una molécula emparentada estructuralmente con el THC, pero con una cadena lateral más corta.
Ninguno de los dos es exótico. Ambos se conocen desde hace décadas. Si no se han recetado de forma generalizada desde la legalización de 2018, no es por falta de interés, sino por un problema de suministro. Criar una planta que exprese un cannabinoide menor de forma fiable, batch tras batch, exige tiempo, selección y mucho trabajo de breeding.
Ese es precisamente el trabajo que Glass Pharms® lleva años haciendo en sus instalaciones de Wiltshire. Su cultivar rico en CBG lleva más de dos años disponible para pacientes elegibles, y tiene una flor medicinal rica en THCV a punto de salir al mercado.
Para Duckenfield, esto demuestra que el formulario actual no describe todo lo que la planta puede ofrecer. Lo que hoy se receta está limitado por dos factores: lo que la cadena de suministro ha podido entregar y lo que la investigación emergente ha podido demostrar hasta el momento. Cuando cambian el cultivo y la evidencia, cambia también lo que llega al paciente.
Educación y control: las dos palancas de la confianza clínica
¿Cómo se convierte un potencial farmacéutico en confianza clínica? Duckenfield lo resume en dos factores: educación y control.
Un clínico necesita saber y confiar en que el tratamiento que receta aporta la dosis correcta. Solo así puede titularlo y revisarlo como haría con cualquier otro medicamento. Titular significa ajustar la dosis de forma progresiva hasta encontrar la cantidad eficaz con menos efectos no deseados. Sin una dosis predecible, ese ajuste pierde sentido.
El paciente necesita la misma garantía, y en la mayoría de los casos la busca en su especialista. Alguien que gestiona una enfermedad de larga duración necesita saber que lo que le funcionó el mes pasado funcionará igual este mes. También necesita poder atribuir cualquier cambio en cómo se siente a su condición, y no a una variación del medicamento.
Aquí la flor de cannabis es un caso aparte. Los médicos están acostumbrados a prescribir en miligramos o microgramos, mediante formas de administración con una farmacología bien conocida detrás. Un comprimido contiene lo que dice contener, y su absorción está estudiada. La flor todavía no funciona así, y entender el porqué ayuda a ver hacia dónde tiene que avanzar la medicina cannábica.
La tolerancia del 10% en la flor medicinal, en números
La declaración de etiqueta es el contenido de cannabinoides que figura en el envase del producto. En Reino Unido, la tolerancia permitida para la flor medicinal es de un 10% respecto a esa cifra. Un cultivar etiquetado con un 25% de THC puede dar legítimamente cualquier valor entre el 22,5% y el 27,5% en el laboratorio.
Después, el paciente tiene que pesar cada dosis por su cuenta. Una prescripción de 0,2 g, pesada con esa misma tolerancia del 10%, puede ir de 0,18 g a 0,22 g. El problema es que ambas variables se acumulan:
| Escenario | THC real de la flor | Cantidad pesada | THC ingerido |
|---|---|---|---|
| Extremo inferior | 22,5% | 0,18 g | 40,5 mg |
| Dosis prevista | 25% | 0,20 g | 50 mg |
| Extremo superior | 27,5% | 0,22 g | 60,5 mg |
El resultado es una oscilación de aproximadamente un 20% por encima o por debajo de la dosis prevista. Y eso antes de tener en cuenta cualquier otro factor: el propio paciente, el dispositivo que utiliza o su técnica de inhalación.
Parte de esa variación es inherente al material. La flor es un producto natural y no existen dos plantas idénticas. Pero una oscilación de 20 mg entre la dosis más baja y la más alta es justo el tipo de incertidumbre que frena a un clínico acostumbrado a trabajar con precisión.
Clones, sensores y robots para reducir la variabilidad
Reducir esa variación concentra buena parte del trabajo y de la inversión de Glass Pharms®. El primer pilar es la genética. La compañía trabaja con clones de cultivo de tejidos, plantas regeneradas en laboratorio y en condiciones estériles a partir de pequeños fragmentos de tejido de una planta madre seleccionada. Así elimina la deriva genética propia de los cultivos a partir de semilla, y cada planta de un lote parte de una genética idéntica.
El motivo es muy concreto. En sus primeras fases de investigación, trabajando con proveedores de semillas de reputación, llegaron a obtener hasta seis fenotipos distintos de un único paquete supuestamente homogéneo. Un fenotipo es la expresión visible de una genética en un ambiente concreto: estructura, aroma, perfil de cannabinoides, tiempo de floración.
En Shottas® lo conocemos de primera mano: la variación fenotípica forma parte de trabajar con semilla. Para el cultivador que sale a cazar su keeper, esa diversidad es una oportunidad. Para quien necesita que cada lote sea un calco del anterior, es un obstáculo. Son dos objetivos distintos y cada uno pide su herramienta.
El segundo pilar es el ambiente. Glass Pharms® controla más de diez factores de cultivo mediante inteligencia artificial y sensores remotos. Una plataforma robótica traslada los lotes por la instalación para que cada fase de crecimiento reciba exactamente las condiciones que necesita. Con todo eso se llega muy lejos, pero, como admite Duckenfield, no se llega a un comprimido.
Aceites, vía sublingual y biodisponibilidad
Los aceites de cannabis mejoran considerablemente el control de la dosis frente a la flor. Una jeringa oral es una herramienta familiar y fácil de usar, que permite medir con exactitud un volumen definido. Se acabaron la báscula y el cálculo de gramos. Aun así, la dosis efectiva sigue dependiendo en parte de cómo se administra el medicamento.
La clave está en la biodisponibilidad, la proporción de una sustancia que llega realmente a la circulación sanguínea y puede ejercer su efecto. Los cannabinoides que se absorben a través de los vasos sanguíneos de la boca tienen una biodisponibilidad bastante mayor que los que se tragan. Al tragarlos pasan por el sistema digestivo y el hígado, donde una parte se pierde antes de llegar a la sangre.
La consecuencia práctica es clara:
- Aceite retenido bajo la lengua (vía sublingual): mayor absorción directa a través de la mucosa oral.
- Aceite tragado demasiado pronto: una parte mayor de los cannabinoides se degrada durante la digestión.
Con el mismo volumen medido en la jeringa, el paciente puede recibir dosis efectivas diferentes solo por cambiar el tiempo que mantiene el aceite en la boca. Los aceites suponen un avance real en precisión respecto a la flor pesada a mano, pero todavía no ofrecen el control que asociamos a un medicamento convencional. Es posible imaginar otras formas que den más control todavía.
Hacia formas farmacéuticas pensadas para dosificar
Ya hay trabajos alentadores en marcha. Las cápsulas de dosificación de Storz & Bickel son pasos importantes hacia una dosificación de flor más precisa. También lo es la certificación de sus vaporizadores como dispositivo médico de Clase IIa, una categoría del marco europeo de productos sanitarios para dispositivos de riesgo moderado, que exige la evaluación de un organismo independiente.
Glass Pharms® apunta al mismo problema. La compañía desarrolla formas farmacéuticas de medicamentos basados en cannabis, tanto inhaladas como orales, diseñadas desde el principio para controlar la dosis y facilitar su uso.
¿Por qué importa tanto? Porque hay dos posturas que chocan. Alemania y Francia han demostrado que los reguladores siguen incómodos con la flor suelta como producto farmacéutico. Los pacientes, en cambio, siguen eligiendo la flor porque les funciona. Para Duckenfield, la forma de reconciliarlas es una administración mejor. No se trata de quitar a los pacientes un formato del que dependen, sino de dar a los reguladores el control que exigen.
Visto así, el reto de la medicina cannábica no es elegir entre la planta y el fármaco. Es conseguir que la planta se comporte con la previsibilidad de un fármaco sin perder lo que la hace única.
El mercado actual como punto de partida, no como meta
La conclusión de Duckenfield es optimista y bastante contundente. Ya existen medicamentos autorizados que utilizan cannabinoides de forma segura. Con esa base, no es descabellado pensar que la medicina cannábica está cerca del comienzo de un recorrido importante, y no al final de uno.
Los ingredientes de ese recorrido están sobre la mesa:
- Genética: cultivares capaces de expresar cannabinoides menores como el CBG o la THCV de forma estable, lote tras lote.
- Cultivo: entornos controlados que reduzcan la variación natural del material vegetal.
- Formulación: formas inhaladas y orales que permitan prescribir en miligramos con garantías.
- Formación: médicos que estudien el sistema endocannabinoide durante la carrera, y no por su cuenta años después.
- Regulación: marcos que se pongan a la altura de la ley que deben aplicar.
El mercado de hoy no marca el límite de lo que esta planta puede hacer. Es la base sobre la que se construye lo siguiente. Según Duckenfield, ahora son los educadores y los reguladores quienes están en mejor posición para liberar el resto.
Desde el lado de la genética, en Shottas® compartimos esa visión: cuanto mejor entendemos la planta, más claro está lo mucho que todavía tiene que ofrecer.
Preguntas frecuentes
¿Desde cuándo es legal el cannabis medicinal en Reino Unido?
Los medicamentos basados en cannabis volvieron a poder prescribirse legalmente en Reino Unido en noviembre de 2018. Antes, las tinturas de cannabis se recetaron de forma legal hasta 1973. Ese paréntesis de 45 años dejó un vacío importante en la formación de los médicos y explica parte de la cautela con la que todavía se prescriben.
¿Qué son los cannabinoides menores?
Son los cannabinoides que la planta produce en menor cantidad que el THC y el CBD, como el CBG o la THCV. El cannabis contiene más de cien compuestos de este tipo. Muchos se conocen desde hace décadas, pero su potencial farmacéutico sigue poco explorado porque cuesta producirlos de forma estable y en cantidades suficientes.
¿Por qué es difícil dosificar con precisión la flor de cannabis?
Porque se suman dos márgenes de error. El contenido real de THC puede variar un 10% respecto a la etiqueta, y el paciente pesa cada dosis con una tolerancia similar. Una dosis prevista de 50 mg de THC puede quedarse en unos 40,5 mg o llegar a 60,5 mg, sin contar el dispositivo ni la técnica.
¿Por qué algunos productores medicinales usan clones en lugar de semillas?
Los clones de cultivo de tejidos parten de una única planta madre, de modo que todas las plantas de un lote comparten exactamente la misma genética. Las semillas pueden producir varios fenotipos distintos incluso dentro de un mismo paquete. Para un medicamento que debe ser idéntico en cada lote, esa uniformidad genética resulta fundamental.
¿Qué diferencia hay entre tomar aceite de cannabis bajo la lengua o tragarlo?
Los cannabinoides absorbidos por los vasos sanguíneos de la boca tienen mayor biodisponibilidad, es decir, una proporción mayor llega a la sangre. Al tragar el aceite, parte de los compuestos se degrada en el sistema digestivo y el hígado. Por eso el mismo volumen puede producir dosis efectivas diferentes según cómo se administre.
¿Por qué los reguladores europeos desconfían de la flor como medicamento?
Países como Alemania y Francia han mostrado reservas hacia la flor suelta porque su dosis es difícil de controlar y estandarizar. Sin embargo, muchos pacientes la prefieren porque les funciona. La solución que se plantea pasa por desarrollar formas de administración más precisas, sin eliminar un formato del que dependen tantas personas.




